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Cómo la ciencia y tecnología pueden ayudar a conservar el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical
El océano Pacífico, el más grande y profundo del planeta, es también uno de los territorios más estratégicos para la conservación de la biodiversidad. En sus aguas se concentran las principales rutas migratorias de tiburones, ballenas, tortugas y mantas; fluyen corrientes que moldean el clima global; y conviven comunidades costeras que dependen directamente de sus recursos.
En este vasto océano, el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical (CMAR) es una extensión marítima de significativa importancia ecológica que abarca las zonas marítimas de Colombia, Ecuador, Panamá y Costa Rica.
Este espacio no solo se distingue por su riqueza en biodiversidad, sino que también representa un notable ejemplo de cooperación multilateral para la conservación marina.
Sin embargo, esta ecorregión también enfrenta serias amenazas como la sobrepesca, la contaminación y el cambio climático, entre otros. Frente a las crecientes presiones humanas, la ciencia y la innovación tecnológica emergen como aliados indispensables para proteger este patrimonio natural.
Esa fue la premisa del tercer módulo del curso “El océano en primera plana”, organizado por LatinClima, MarViva, el Centro Científico Tropical, la Earth Journalism Network y el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical (CMAR). Bajo el título “Ciencia y tecnología al rescate del Pacífico: innovación para conservar el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical”, la sesión reunió a científicos, investigadoras y especialistas en monitoreo para mostrar cómo los datos, las expediciones y las plataformas digitales están transformando la conservación marina en la región.
El Pacífico: un océano vital y amenazado
Eric Ross, director ejecutivo de MigraMar, abrió la jornada recordando la magnitud de este ecosistema. El Pacífico concentra el 60% de las pesquerías mundiales, valoradas en más de 57 mil millones de dólares anuales. Es también escenario de fenómenos climáticos como El Niño y La Niña, con repercusiones que trascienden la región y afectan al planeta entero.
Desde 2006, MigraMar ha consolidado una red de científicos que estudia las rutas y poblaciones de especies marinas en 11 países, desde Baja California hasta Chile. Con más de diez millones de puntos de datos y cientos de tiburones marcados con satélites, la organización ha revelado “carreteras submarinas” que conectan islas y costas, evidenciando que la conservación no puede limitarse a parques aislados.
“Son auténticos hotspots de biodiversidad, pero las especies migratorias no entienden de fronteras. Para protegerlas necesitamos una mirada regional, basada en ciencia sólida y metodologías comparables”, explicó Ross.
Monitoreo y conservación basados en evidencia
Los estudios de MigraMar han permitido identificar zonas críticas para tiburones martillo, ballenas jorobadas, tortugas verdes y atunes aleta amarilla, entre otras especies. La información no solo aporta al conocimiento científico, sino que se traduce en decisiones de política pública: ampliación de áreas marinas protegidas, creación de corredores de conservación y recomendaciones para regular actividades humanas.
“Los datos nos ayudan a entender dónde las especies son más vulnerables, cómo interactúan con la pesca o con el tráfico marítimo, y cómo el cambio climático podría alterar sus distribuciones. Esa evidencia es fundamental para asesorar a los gobiernos y mejorar las medidas de manejo”, subrayó Ross.
El compromiso político ha tenido frutos concretos. En poco más de una década, la superficie marina protegida en el Pacífico Este Tropical pasó de 162 mil km² a más de 800 mil km². Sin embargo, la efectividad de esas medidas depende de que vayan acompañadas de monitoreo constante y de la colaboración entre países.
Para dar seguimiento a estas medidas, MigraMar trabaja junto al CMAR en la elaboración de un protocolo regional de investigación que permita a científicos de distintos países generar datos comparables. El objetivo es estandarizar metodologías de monitoreo y establecer una serie de indicadores biológicos sobre especies migratorias emblemáticas: tiburón martillo, tiburón ballena, ballena jorobada, atún aleta amarilla, tortuga verde y bacalao de Galápagos. “Queremos que investigadores, universidades y hasta guardaparques aporten datos con los mismos criterios, de manera que podamos evaluar año con año si las poblaciones mejoran, se mantienen estables o están en declive”, explicó Ross.
La transparencia como herramienta contra la pesca ilegal
La segunda intervención estuvo a cargo de Nancy de Lemos y Edaí Bucio, representantes de Global Fishing Watch (GFW). Esta organización internacional sin fines de lucro desarrolla plataformas tecnológicas de acceso abierto para hacer visible la actividad humana en el océano.
“Lo que no se ve, no se puede proteger”, señaló De Lemos. La pesca ilegal, no declarada y no reglamentada prospera gracias a la opacidad. Para revertirlo, GFW combina datos satelitales (AIS, VMS, imágenes ópticas y de radar) con registros públicos de embarcaciones, creando un mapa interactivo que permite rastrear más de 100 mil barcos industriales en tiempo real.
El Marine Manager, una de sus herramientas, cruza información de embarcaciones con datos oceanográficos, como temperatura, clorofila o batimetría. Así, los administradores de áreas protegidas pueden visualizar superposiciones entre rutas de barcos y hábitats críticos de especies, evaluar riesgos y tomar decisiones informadas.
“Hoy, cualquier persona con internet puede acceder a estos datos. Los periodistas, en particular, tienen un rol clave en promover la transparencia y vigilar la gestión de los océanos”, destacó Bucio, quien mostró cómo generar reportes analíticos para investigar qué barcos han operado dentro de zonas protegidas y con qué artes de pesca.
Montes submarinos: refugios invisibles de biodiversidad
La investigadora Marta Cambra, del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología de la Universidad de Costa Rica (CIMAR-UCR), presentó un proyecto que ilustra el valor de combinar tecnología con ciencia de campo. Su equipo ha estudiado los montes submarinos que se extienden entre Galápagos e Isla del Coco, estructuras geológicas que alteran las corrientes y generan condiciones de alta productividad biológica.
Usando cámaras remotas submarinas con carnada (BRUVS), el grupo documentó la presencia de 21 especies pelágicas, entre ellas tiburones martillo y tiburones zorro, altamente amenazados. Los resultados mostraron que los montes submarinos más remotos y menos profundos concentran mayor diversidad, funcionando como verdaderos “oasis” en medio del océano abierto.
“Encontramos que el tiburón martillo no solo era la especie más abundante de tiburones, sino una de las más abundantes en todo el muestreo, incluso frente a peces óseos pequeños. Eso evidencia su fuerte asociación con estos ambientes”, explicó Cambra.
Estos hallazgos contribuyeron a la ampliación del Parque Nacional Isla del Coco en 2021, que pasó de 2.000 a más de 54.000 km², incluyendo áreas clave de montes submarinos. Para la investigadora, el siguiente paso es integrar estos sitios en la agenda de conservación 30x30, dado que podrían actuar como refugios climáticos ante el calentamiento global.
Ciencia, comunicación y acción regional
Los retos del océano Pacífico —sobrepesca, cambio climático, pérdida de biodiversidad— requieren respuestas basadas en evidencia y cooperación transnacional. La ciencia aporta datos, la tecnología brinda herramientas y la comunicación asegura que la sociedad y los tomadores de decisiones comprendan la urgencia.
En palabras de Cambra: “Las especies marinas no conocen fronteras. Si queremos protegerlas, necesitamos proyectos regionales coordinados que integren monitoreo, gestión y participación social”.